DESCUBRIENDO A LA MASONERÍA VIII

LO QUE DIJERON LOS PAPAS SE EMPEZÓ A CUMPLIR… Y SIGUE
Publicado en marzo 02, 2024, 2:43 pm

Al comenzar esta serie no era la idea repasar las condenas papales (las más importantes), pero ya inmersos en ese asunto continuaremos con ello. La siguiente que veremos es de Pío VIII, Carta Encíclica Traditi Humilitati, 24 de mayo de 1829. Dice:

Así, después de haber evitado la distorsión de las Sagradas Escrituras, es vuestro deber, Venerables Hermanos, dirigir vuestros esfuerzos contra aquellas sociedades secretas de hombres facciosos que, enemigos de Dios y de los Príncipes, se dedican todos a provocar la ruina de la Iglesia, para socavar a los Estados, para subvertir el orden universal y, habiendo roto las restricciones de la verdadera fe, han abierto el camino a toda clase de maldad. Estas personas tratan de ocultar en las tinieblas de los ritos arcanos la iniquidad de sus consejos y de las decisiones que en ellos toman, y por ello han despertado serias sospechas respecto de aquellos hechos infames que por la tristeza de los tiempos, como si de la luz de un abismo, estalló en una ofensa suprema contra la sociedad civil y religiosa. Por ello los Sumos Pontífices Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII y León XII (Clemente XII con la constitución In eminenti; Benedicto XIV con la constitución de Providas; Pío VII con la constitución Ecclesiam a Jesu Christo; León XII con la constitución Quo graviora ), de la que somos sucesores, aunque muy inferiores en méritos, excomulgó a esas sociedades secretas (cualquiera que sean sus nombres) con cartas apostólicas públicas, cuyas disposiciones confirmamos en la plenitud de Nuestro poder apostólico ordenando una observancia escrupulosa de ellos.

Pio VIII, en esta encíclica, no hace más que corroborar lo que sus antecesores ya dijeron para esas fechas: la masonería no engaña ya a nadie. Dos cosas claves se pueden extraer de ese pequeño resumen. El Papa conmina a enfrentarlos, sabedor de cómo es la peligrosidad de esta secta. Y la segunda, es el calificativo preciso y contundente con el que la determina: […] hombres facciosos enemigos de Dios y de los hombres. No solo combaten a la Iglesia con literatura capciosa, sino con todo tipo de atentados “facciosos”, es decir, agitadores, insurrectos, amotinados, rebeldes, sediciosos, revolucionarios. La historia posterior nos dejará muy claro que el Papa, incluso, se quedó corto. Podemos ver también cómo ya apunta el Papa a que la intención de estos sectarios es subvertir el orden, podríamos apuntar “natural”, y abrir el camino a toda maldad. Visto con la perspectiva que nos da el tiempo transcurrido, no pudo ser más exacto. Podemos hacernos una idea, viendo estas manifestaciones, de cómo la secta masónica lleva trabajando siglos con una perseverancia increíble. Y esto es porque sirven a alguien atemporal, y ese no es Dios.

Pío IX, Carta Encíclica Qui Pluribus, 9 de noviembre de 1846:

Conocéis también, Venerables hermanos, otras monstruosidades de errores y otros fraudes, con los que los hijos del siglo desafían amargamente la autoridad divina y las leyes de la Iglesia, para socavar simultáneamente los derechos del poder civil y sagrado. Este es el objetivo de las injustas maquinaciones contra esta Cátedra Romana del Santísimo Pedro, en la que Cristo puso los cimientos inexpugnables de su Iglesia. Este es también el objetivo de aquellas sectas secretas que surgieron ocultamente de las tinieblas para corromper las órdenes civiles y religiosas, y que fueron condenadas varias veces por los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, con cartas apostólicas, que Nosotros, con la plenitud de Nuestro Poder Apostólico, confirmamos y ordenamos que sean observadas con la mayor diligencia.

Gregorio XVI, de santa memoria, a quien sucedimos, aunque con menores méritos, emulando los ejemplos de sus predecesores, con su carta apostólica condenó tales sociedades [Greg. XVI, iluminado. Encíclica Inter praecipuas machinationes ], y queremos igualmente que sean condenados. Lo mismo decimos de ese sistema que repugna a la luz misma de la razón natural, que es la indiferencia de la Religión, con la que ellos, habiendo eliminado toda distinción entre virtud y vicio, entre verdad y error, entre honestidad y vileza, enseñan, que cualquier religión es igualmente buena para alcanzar la salud eterna.

Aquí el Papa vuelve a recordar las condenas de papas anteriores y se reafirma en la misma. Proclama abiertamente dos características de la secta: convierten el bien en mal y predican que toda religión es buena para salvarse. La masonería, bajo el pretexto de que toda religión es buena, admite a todas, pero en el fondo lo que busca es predicar la suya propia: el iluminismo satánico. No solo escribió Pio IX esa encíclica condenando a la masonería. Su pontificado nos dejó también los siguientes documentos: alocución Quibus Quantisque, 20 de abril de 1849; carta encíclica Nostis et Nobiscum, 8 de diciembre de 1849; carta encíclica Cuanta Cura, 8 de diciembre de 1864; alocución Multiplices Inter, 25 de septiembre de 1865; constitución Apostolicae Sedis, 12 de octubre de 1869; carta Quamquam, 29 de mayo de 1873; carta Exortae, 29 de abril de 1876.

Así, llegamos por fin a la madre de las encíclicas contra la masonería:  Humanum Genus, de León XIII, 20 de abril de 1884. Podríamos decir que esta encíclica es las más clara y la más certera de todas, ya que va al fondo de la cuestión masónica. León XIII, en ella señala las causas profundas del problema masónico, es decir, la lucha entre el bien y el mal, entre el diablo y los seguidores de Cristo, entre la masonería y la Iglesia. Dice nada más arrancar el contenido:

El género humano , después de haber fracasado miserablemente frente a Dios, creador y otorgador de los dones celestiales, por envidia del Diablo, se separó en dos partes diferentes y adversas; uno de los cuales aboga constantemente por la verdad y la virtud, el otro por aquellas cosas que son contrarias a la virtud y la verdad. Hay otro reino de Dios en la tierra, a saber, la verdadera Iglesia de Jesucristo, a la cual quienes quieran adherirse de todo corazón y adecuadamente para la salvación deben servir a Dios y a su Hijo unigénito con toda su mente y con toda su voluntad; el otro es el reino de Satanás, en cuyo dominio y poder están aquellos que, siguiendo el ejemplo fatal de su líder y de sus primeros padres, se niegan a obedecer la ley divina y eterna, y hacen muchas cosas según Dios, y hacen muchas cosas en contra de Dios. En este momento, sin embargo, aquellos que favorecen a los peores partidos parecen conspirar al mismo tiempo y luchar juntos con más vehemencia, bajo la autoridad y la ayuda de lo que llaman Masonería, una sociedad de hombres extendida por todas partes y firmemente establecida. Porque ya no disimulan sus planes, se levantan con la mayor audacia contra el dios de Dios. Lo que es, entonces, la secta de los masones y lo que afectará en el camino, queda suficientemente claro por lo que hemos tocado en resumen. Sus principales dogmas son tan contrarios a la razón y tan manifiestos, que nada podría ser más perverso.

Con este pequeño extracto de la encíclica queda clara la postura del Papa con respecto a la masonería, y sorprende mucho ver la capacidad profética del mismo, porque a la luz de las circunstancias actuales se puede apreciar perfectamente que el diagnóstico que emitió León XIII no podía ser más certero. Animamos a que lean la encíclica completamente, porque pareciera que el Papa la escribió ayer por la tarde. De todas maneras no se tardará mucho después de este año (1884) en ver cómo las profecías papales sobre la masonería se materializarían de manera clara y concreta en otro hecho histórico, pues en 1917, con la Revolución Rusa, tenemos un claro ejemplo de cómo la masonería es un enemigo claro de los Gobiernos y de la Fe. Sí, la Revolución Rusa fue de inspiración masónica. Y en ella se dieron dos componentes muy curiosos que nadie esperaría que estuviesen relacionados. Y esto consiste en que nadie sospecharía, hasta ese entonces, que el capitalismo más despiadado fuese el fundador del comunismo más criminal.

Ver Humanum Genus.

No obstante, dejaremos la demostración de lo anteriormente expuesto para el próximo capítulo, porque antes, por ser fieles a la cronología, abordaremos la implicación que tuvo la masonería con la Primera Guerra Mundial. Veamos lo que acontecía en Europa y cómo la masonería prendía pequeños fuegos en distintos sitios enredándolo todo para llevar al mundo a la Primera Guerra Mundial, y cómo evitó que la guerra acabase dos años antes.

La Primera Guerra Mundial cambió Europa para siempre. El poder de Europa en esta etapa era enorme, ya que tenía un desarrollo económico, comercial y militar muy superior al resto del mundo, siendo la razón por la que las potencias europeas controlaban a la mayor parte de este. Existía una especie de acuerdo no escrito para no entrar en ningún tipo de guerra entre las naciones. Para que la paz fuera más duradera, los países europeos se unieron en grandes alianzas como la Triple Entente o la Triple Alianza, para con ello ser grandes poderes, y que la entrada en una guerra atrajera a muchos países al mismo tiempo, siendo una especie de método para que nadie se atreviera a comenzar una guerra a gran escala.

Pero… ¿quién aprovechó esta tesitura para prender la mecha? Obviamente la masonería. Evidentemente, lo estamos explicando de manera muy rápida, pero no podemos hacer milagros. Todo el mundo sabe que el detonante de la Primera Guerra Mundial fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro, y de su esposa, la condesa Sofía Chotek, en Sarajevo, llevado a cabo el 28 de junio de 1914 por el nacionalista serbobosnio Gavrilo Princip. Comenta Bárcena: El asesinato del archiduque Francisco Fernando, que no se debió solamente a las tensiones balcánicas, sino que buscaba eliminar a un hombre que mantendría católicos y unidos los Estados danubianos. Al Archiduque se le sabía condenado; él mismo lo sabía, y se lo dijo al sobrino que tendría que sucederle en el Trono a la muerte. El asesinado era el heredero de un Imperio que, tampoco por casualidad, acabó su trayectoria histórica gobernado por un beato, a quien el papa Benedicto XV animaba a recuperar, lo antes posible, el trono de Hungría. Naturalmente, para los diseñadores de la nueva Europa, aquella construcción política multisecular tenía que desaparecer; lo sabían de antemano. En su lugar crearon débiles repúblicas que nada contaban en el conjunto de las naciones.

Solve et coagula. Es una frase en latín relacionada con la alquimia y que se ha convertido en un eslogan de la masonería. Significa “disolver y coagular” o “separar y unir”. Separar los grandes imperios o disolverlos, para después, poco a poco, conformar una unidad al estilo de la masonería (Naciones Unidas). Un ejemplo reciente de esto fue la disolución de Yugoslavia entre el 25 de junio de 1991 y el 27 de abril de 1992, que condujo a la formación de seis nuevas repúblicas soberanas (Eslovenia, Croacia, Bosnia Herzegovina, Montenegro, Macedonia del Norte y Serbia). No les quepa duda de que tras esta guerra se encuentran los intereses de las elites masónicas. De la misma manera que tras el auge del separatismo en España, también. Véase, si no, el libro de Juan Antonio de Castro, Soros rompiendo España o La red secreta de Soros en España, de Joaquín Abad.

El Archiduque Francisco Fernando visitaba Bosnia con su mujer, a fin de estabilizar una zona de gran presencia eslava, en la que se temía una revuelta apoyada por Rusia. Muchos jóvenes que querían ser serbios habían pasado a colaborar con “La Mano Negra”, organización dirigida desde Belgrado por el jefe de los servicios secretos de Serbia, cuyo nombre en clave era Coronel Apis, que alentaba las acciones terroristas de sus agentes en Viena. Apis organizó un grupo de siete jóvenes, de ascendencia serbia, pertenecientes a La Mano Negra y entrenados en Belgrado, para atentar contra el heredero del Imperio el 28 de junio, aprovechando su visita a Sarajevo.  La trama masónica ciertamente existió: en primer lugar, La Mano Negra fue una sociedad secreta, y Gavrilo Princep, el instrumento de Apis para la comisión del magnicidio, era anarquista y masón, como Mateo Morral y Ferrer Guardia (en el caso español que ya contaremos más adelante). Y segundo, el archiduque era un obstáculo para los planes de la masonería, tanto de la europea como de la americana. Él lo supo, y supo también que iba a morir muy pronto, como hizo saber a sus sobrinos Carlos y Zita.

En su libro sobre Carlos, Herbert Vivien, historiador inglés, cuenta que, a lo largo del año 1913, Francisco Fernando había asegurado al conde Czemin que se sabía objeto del odio implacable de los masones, que le habían condenado a muerte. Según Michel Dugast Rouillé (biógrafo del último emperador), la destrucción de la católica monarquía austro-húngara era un objetivo reconocido de la masonería; la guerra había sido vaticinada, y deseada, por la Revue international des sociétés sécrétes (Revista internacional de sociedades secretas), como el medio de conseguir la desaparición del Estado danubiano; la misma publicación, en su número del 15 de septiembre de 1912, anunciaba la muerte de Francisco Fernando, revelando, al parecer, conclusiones de la Convención masónica.

Manuel Guerra, a su vez, resume así la Gran Guerra: La Primera Guerra Mundial se inició tras un atentado contra el archiduque Francisco Fernando y su asesinato en Sarajevo; terminó con la desintegración del imperio austrohúngaro de signo católico. Este crimen fue decretado, anunciado en los dos años anteriores, y ejecutado por la Masonería. Los principales culpables fueron en su totalidad masones. Esto no es suposición, sino hechos judicialmente comprobados, que se silencian intencionadamente.

No es casual que Carlos (sobrino del asesinado Francisco Fernando) recibiera proposiciones idénticas a las recibidas por su primo Alfonso XIII (que también tocaremos en otro artículo) en Madrid: entrar en la masonería para asegurar su posición: si aceptaba, le aseguraban la salvación de su Imperio y la de su familia. La situación era desesperada, pero el emperador rehusó. Posteriormente, llegaron a proponerle algo todavía más difícil: recuperar el trono, pero solo si consentía en introducir en sus Estados la escuela laica y el matrimonio civil, a lo que se había negado categóricamente. Todo ello era como un calco de lo vivido por Alfonso XIII, casi en las mismas fechas.

Todo esto en cuanto al inicio de la Guerra. Pero hay un dato mucho más curioso que nos puede aclarar un poco más la complejidad del pensamiento masónico, y cómo en esa gran partida de ajedrez que siempre juegan, son expertos en conseguir más de un resultado favorable a la vez para sus intereses espurios. La Primera Guerra Mundial pudo terminar en 1916, pero la secta se encargó de que eso no ocurriese, ¿por qué? Ahora lo veremos, pero antes tenemos que retroceder algunos años para ponernos en situación.

La “colonización” del Estado de Palestina por el pueblo judío no fue una iniciativa de personas individuales y religiosas que quisieron volver a su tierra ancestral (algo que, de ser así, no hubiese sido posible porque fueron necesarios mucho dinero y muchos recursos políticos para conseguirlo). A partir de 1882, Edmond James de Rothschild empezó a comprar tierras en la Palestina otomana con el objetivo a largo plazo de crear un país de propiedad Rothschild. En 1897, los Rothschild organizan el primer Congreso Sionista (movimiento político nacionalista que propuso desde sus inicios el establecimiento de un Estado para el pueblo judío). Este primer congreso se tendría que haber celebrado en Múnich, pero debido a la oposición de los judíos locales que estaban bien establecidos y no quisieron que se les relacionara con esta Organización, tuvo que ser trasladado a Basilea (Suiza).  Dicha reunión fue presidida por un personaje llamado Theodor Herzl, judío asimilado (aquellos que, aun siendo judíos, según las leyes religiosas, han abandonado todas sus señas de identidad: ni religión, ni idioma, ni cultura, ni empatía grupal), quien afirmaría en uno de sus diarios: Es esencial que los sufrimientos de los judíos empeoren, esto ayudará a la realización de nuestros planes. Tengo una excelente idea: voy a inducir a los antisemitas a liquidar la riqueza judía. Los antisemitas nos ayudarán, y con el propósito de apropiarse de sus riquezas reforzarán la persecución y la opresión de los judíos. Los antisemitas serán nuestros mejores amigos.

Dicho proyecto consistía en fundar el Estado de Israel, pero en vista de que los judíos estaban asentados en sus respectivos países y no colaboraban con la idea de dejarlo todo y mudarse a Palestina… se le ocurrió que, si eran perseguidos, la idea de trasladarse no les parecería tan mala. Como así fue. Herzl fue elegido presidente de la Organización Sionista, adoptando dicha Organización, como símbolo, el hexagrama rojo (símbolo de la casa Rothschild), que años más tarde terminaría formando parte de la bandera de Israel.

Los judíos que se habían instalado en Palestina empezaron a darse cuenta de que no había ningún altruismo patriótico ni religioso tras la intención de los Rothschild de crear un Estado judío, y es en 1901 cuando los colonos judíos que ya estaban establecidos envían una delegación para solicitarle a Edmond James de Rothschild lo siguiente: Si quiere que se mantenga el Yishub (judíos que comenzaron a asentarse en el territorio desde 1882 hasta el establecimiento del Estado de Israel en 1948), en primer lugar, saque sus manos de allí y permita a los colonos corregir por sí mismos lo que sea necesario corregir.

A lo que Edmond James de Rothschild contestó: Yo creé el Yishub, solo yo. Por lo tanto, ningún hombre, ni colonos, ni las organizaciones, tienen derecho a interferir en mis planes.

Tras la Primera Guerra Mundial, Mosul, Palestina y Transjordania pasaron a manos británicas (este fue otro objetivo, además de destruir el gran imperio católico austrohúngaro), algo que podemos conectar con un episodio bastante curioso que ocurrió en 1916. En ese año, Alemania estaba ganando la guerra y ofreció el armisticio (acuerdo que firman dos o más países en guerra cuando deciden dejar de combatir durante cierto tiempo con el fin de discutir una posible paz) a Gran Bretaña sin exigir reparaciones de guerra, cosa que los británicos estaban considerando. Pero es entonces cuando los Rothschild entran en acción y, a través de un agente suyo, Louis Brandeis (miembro activo del movimiento sionista), envían una delegación sionista desde Estados Unidos a Inglaterra con la promesa de involucrar a los americanos en la guerra en apoyo de los británicos si estos se comprometían a darles la tierra de Palestina a los Rothschild. Si unimos este detalle al hecho de que Edmond James de Rothschild empezó en 1882 comprando tierras en esa zona, y posteriormente al comentario de Theodor Herzl en su diario, y sumamos el ofrecimiento de paz de los alemanes a los ingleses… podríamos plantearnos como hipótesis que, sin la interferencia de los Rothschild, la Primera Guerra mundial podía haberse parado dos años después de su comienzo. Eso sin contar que también maquinaron su inicio.

Corresponsal de España

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