DESCUBRIENDO A LA MASONERÍA XIII

LA INDEPENDENCIA DE LOS VIRREINATOS: OBRA DE MASONES
Publicado en abril 27, 2024, 7:09 pm

Una de las perversiones más surrealistas del mal, o del diablo, o de sus seguidores, es la táctica de culpar a los demás de acciones que ellos mismos han cometido. Es como lavar la propia imagen ensuciando la ajena o arrojar al inocente la culpa propia. Esto es un paradigma clásico de los inventores de la «leyenda negra». Requiere un alto grado de maldad o perversión (no avergonzarse del mal causado y encima culpar al inocente de eso mismo), pero es tan real como la vida misma. Negar el mal cometido es un acto corriente, pero acusar a otros de los delitos propios (y, de camino, ocultarlos) requiere una dosis mayor de maldad.

Veamos algunos ejemplos de cómo Inglaterra, que es la que más contribuyó con dicha leyenda, es un ejemplo clarísimo de lo que hablamos. Según los datos de la propia Sociedad Geográfica Inglesa, cuando llegaron los ingleses en el siglo XVIII, en Australia había algo menos de un millón de aborígenes (son sus datos). Pues bien, un siglo después solo quedaban unos 30.000. La eliminación de los aborígenes australianos fue sistemática. El trato dado a aquellas personas que llevaban en esas tierras miles de años fue de todo, menos humano.

Inglaterra declaró a Australia como terra nullius, es decir, despoblada, y de esa manera despojaron de sus tierras a sus legítimos dueños. Sencillamente eran del primer inglés que las reclamara: y el saqueo se hizo a conciencia. De esto acusan a España, pero ellos son los profesionales en hacerlo. Y sí, en España había numerosas leyes que protegían a los indios, leyes que no existían en Inglaterra.

Otro caso más es el de la guerra biológica que llevaron a cabo en Estados Unidos. Nos cuenta Marcelo Gullo en su libro Nada por lo que pedir perdón:

Pero los ejemplos de conquistas sangrientas no acaban ahí. Fueron los británicos los que instauraron en América del Norte la política de «el mejor indio es el indio muerto» y, de hecho, fueron los protestantes ingleses quienes repartieron mantas contaminadas con el virus de la viruela para acabar con los indios norteamericanos. ¿Cuántos libros hay que critiquen la política de exterminio de «pieles rojas» llevada a cabo primero por Gran Bretaña y luego por Estados Unidos?

Podríamos hablar de los crímenes llevados a cabo en China, en la India, Sudáfrica y tantos otros lugares, por el país que tiene el dudoso honor de ser la cuna de la masonería y que ha exportado masones a todos los lugares del mundo.  

En este artículo analizaremos las causas de la pérdida de los virreinatos americanos que formaron parte de España y cómo su independencia no fue una idea de los habitantes de esas provincias, no surgió de la inquietud del pueblo, sino que (como era de esperar) fue por arte y obra de la masonería. La presencia española en América fue muy prolongada. Empieza con el descubrimiento de América en 1492 y concluye con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898 (que supuso el fin de las posesiones de España en ultramar). Marcelo Gullo refiere lo siguiente en su libro Madre Patria:

En 2008, el primer ministro de Australia, Kevin Rudd, pidió perdón a los aborígenes públicamente, por vez primera en la historia del país, por el dolor y el daño causados en el pasado. Sus palabras asombraron al mundo, porque la mayoría de los habitantes del planeta desconocían tanto el hecho de que Australia estuviese poblada en el momento de la llegada de los ingleses, como el de que Inglaterra hubiera llevado a cabo una política de exterminio sistemático de la población originaria de Australia.

Vimos también al Papa Francisco pidiendo perdón por la “conquista americana por parte de España”. Sin embargo, esto decía Jorge Mario Bergoglio cuando aún no era Papa en 1975, y que Gullo refleja en el epílogo de su libro: Nada por lo que pedir perdón. Pensamos que el titulo se lo sugirió el mismo Papa, y la prueba es el mismo discurso de este cuando aún no lo era:

Fuimos forjados por la España que, más allá de las contradicciones y los límites en la concepción histórica, nos deslumbra con sus Leyes de Indias, con las Ordenanzas de Alfaro, con la conciencia misionera de una mujer maravillosa que la Historia daría en llamar Isabel la Católica. Sí, la misma que hizo devolver a Colón los indios que él había traído a Europa, porque nadie osaría tratar así a sus vasallos. Somos hijos de una gran conciencia. Porque la obra de España en América, más que una empresa, fue una Misión. Una misión del pueblo español que se volcó a estas tierras con lo mejor que tenía: su cultura y su fe. Misión de los conquistadores que en cincuenta años recorrieron a pie el continente, fundando pueblos y mezclándose, sin miedo, con los indios. Misión de los misioneros: la de los franciscanos que sembraron la devoción a María, el germen profundo de la unidad y de la auténtica Esperanza de los americanos; y la de los jesuitas, que volcaron en estas tierras una tenaz voluntad de organización que afianzaría la conciencia del Pueblo de justicia, de soberanía. Y cuando, a través de los afrancesados borbones, los intereses imperiales penetraron en la Corona española, hubo que acallar y extinguir a la Compañía de Jesús, pero se equivocaron si pretendieron con ello matar los frutos. La semilla estaba sembrada: la de la fe inconmovible en el seno de la Historia, una vocación de dignidad y de justicia y una enseñanza preclara acerca de la soberanía popular que repetía e inculcaba los principios de ese gran maestro y filósofo jesuita que fue don Francisco Suárez (Jorge Mario Bergoglio).

Sabemos que el Papa pidió perdón por los desmanes cometidos por los conquistadores. Pero también sabemos que pronunció ese discurso. ¿Qué por qué pidió perdón si anteriormente había pronunciado ese discurso? Eso habría que preguntárselo a él mismo.

España concedió el estatus de provincias a los territorios americanos, y ya desde el principio los Reyes Católicos promovieron el mestizaje entre españoles e indígenas. España contribuyó a la civilización y evangelización de los indígenas americanos mezclándose con ellos y aboliendo los asesinatos sacrificiales que se contaban por miles todos los años. Esta gesta llevada a cabo por España nunca fue perdonada por la masonería. España unió (en lugar de someter) a un continente, al contrario de la práctica masónica, que es desunir para vencer. En el nuevo proceso masónico de recuperar todo lo precolombino, no estaría mal preguntarse si también querrán recuperar los sacrificios humanos.

El lugar más destacado dentro del proceso “libertador” de los virreinatos lo tiene el criollo (nacido en el continente americano, pero de origen español) Sebastián Francisco Miranda, que desde Venezuela se traslada a la península para iniciar su carrera militar, estableciendo así un vínculo con la Corona de España y llevando a cabo exitosas campañas militares y obteniendo gran reconocimiento por su labor. Su conversión a la masonería se empieza a fraguar tras participar en la batalla de Pensacola, episodio clave para la independencia de Estados Unidos de Inglaterra y en el que España tuvo una gran relevancia.

Tras este episodio, Miranda conoce al Marqués de Lafayette, y será este quien lo apadrine en su ingreso en la masonería en 1783, donde desarrolla una carrera importante dentro de la secta. A partir de ese momento, Miranda deja de ser un fiel oficial español para convertirse en un conspirador contra la Corona. Creó organizaciones masónicas, que son fundamentales para entender la independencia americana, y llegó a participar en la Revolución Francesa. Poco a poco se va granjeando amistades de altos masones ingleses, y en esa misma medida va desarrollando un odio visceral a España.

Estableció una logia llamada La Gran Reunión Americana, que dependía de la Gran Logia de Inglaterra, donde iban de la mano los intereses ingleses con los de la masonería española, fundamentalmente compuesta por criollos como Bernardo O’Higgins Riquelme, hijo de un virrey del Perú. La astucia de esta secta es, como poco, admirable, pues siempre han ejercido la táctica de captar miembros destacables del organismo que quieren destruir.

Véase película de 1943 sobre cómo capta la masonería a personajes de interés

La logia Gran Reunión fue captando a todo criollo que se involucraba con el sentimiento independentista (aunque también lo que atraía era la ambición de poder), y todo se dirigía desde Inglaterra (hecho nada casual). En 1806, Miranda intenta un primer desembarco en las costas de Venezuela con intenciones golpistas y con una flotilla de ingleses y americanos que se ponen a su disposición. Esperaban contar, para llevar a cabo el golpe, con el apoyo popular, y no lo consiguieron en absoluto, razón por la cual se tuvo que retirar refugiándose en Jamaica que, obviamente, era territorio inglés.

Por aquella época (y gracias a la intervención de Miranda y O’Higgins) empiezan a surgir una serie de logias con el mismo nombre: las logias Lautaro, pequeñas logias de cinco grados, creada la primera de ellas en Cádiz, y que llegan a tener representación en toda América del Sur con el apoyo manifiesto de las logias de América del Norte y de Inglaterra.

A todo esto, el pueblo permanecía al margen de todo el proceso. Simón Bolívar se inició en la masonería en 1805, y ya en 1825, cuando alcanzó el poder, la prohibió. Es decir, que se sirvió de ella para poner en marcha el proceso independentista, pero conocedor de la peligrosidad masónica, cuando alcanza el poder, la prohíbe, y lo hace utilizando las siguientes palabras:

 […] porque es una sociedad secreta que sirve especialmente para preparar los trastornos políticos, turbando la tranquilidad pública que oculta todas sus actividades con el velo del misterio.

Por un lado, la masonería conspiraba en las colonias, pero, por otro, también los masones de la península ibérica pusieron su granito de arena para lograr que se llevase a cabo la independencia de estas. El 1 de enero de 1820, el teniente Rafael del Riego se pronunció en Las Cabezas de San Juan a favor de la Constitución. Contaba con varios batallones del ejército acantonados en Andalucía para marchar hacia América con la intención de sofocar el proceso independentista, pero en lugar de hacerlo decidió rebelarse contra la monarquía y dar un golpe contra Fernando VII.

España había enviado anteriormente una expedición a las provincias americanas para frenar el proceso independentista liderado por el general Morillo, que tuvo bastante éxito, pero que no llegó a sofocar la rebelión por completo. Éxito relativo pero contundente, porque hasta los “libertadores” se estaban planteando desistir de su intento. Para rematar el asunto, Fernando VII se dispuso a enviar otro contingente para cerrar la cuestión y sofocar definitivamente el levantamiento. Esta era la misión del teniente Riego, pero este, en lugar de cumplir con lo encomendado, se le ocurrió (en lugar de embarcar para el Nuevo Mundo) dar un golpe militar a la Corona en vez de ayudar al primer contingente que definitivamente hubiese puesto fin al levantamiento.

Sin la menor de las dudas podemos decir que este desacato perpetrado por Riego vuelve a ser una traición masónica. Los principales organizadores del levantamiento llevado a cabo en Las Cabezas de San Juan –Riego y Quiroga– eran masones. A Riego, por llevar a cabo esta acción, lo ascendieron a Gran Maestre de la Logia Nacional. Tras estos dos militares (Riego y Quiroga) se encontraba también Don Juan Álvarez Méndez (más conocido como Mendizábal), un hombre entregado a los intereses británicos toda su vida y masón perteneciente al supremo consejo del grado 33. Ni qué decir que el trienio liberal que vino tras estos episodios se caracterizó, como no podía ser de otra forma, por la desamortización de los bienes eclesiásticos (que no fueron a parar a manos de los campesinos sino de la burguesía), y por una atroz persecución religiosa, sello indeleble de la masonería en todas sus revoluciones. Se podría contar mucho más sobre este proceso de “liberación masónica” de los virreinatos americanos, pero no queremos convertir el artículo en un libro. Metidos ya en el tema de la influencia de la masonería en Hispanoamérica, en el próximo artículo trataremos el asunto de cómo la masonería fue responsable directa o provocadora de la guerra “Cristera” mexicana. Poco a poco vamos viendo cómo los papas no se equivocaron ni un ápice al manifestar el peligro masónico para la Fe y para los Estados. Son como un veneno que no caduca por muchos siglos que pasen.

Corresponsal de España

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